Los Territorios De Cristo

NIEBLA FRENTE AL ESPEJO


Por los ventanales miro la lluvia de un noviembre cualquiera, a lo lejos, la humedad carcome nostalgias mientras el hedor a pecado se esconde por las cloacas y una mujer autista se viste de cardos y la amnesia se escapa con el murmullo de la compasión. El ruido de las gotas se oye por tejados mientras en los cielos el Señor decepcionado ya no revela señales porque mudos y ciegos se olvidaron de las muecas y del Braille.

La lluvia se desborda, entre calles los pecados se hunden y las redes del vicio los rescatan para infiltrarlos por el cerrojo de las puertas y se inyecten en el espíritu del hombre hasta convertirlos en fragmentos de oxido. La ciudad galopa al ras del sufrimiento, nadie acepta tomar su cruz y caminar como Lot, huyendo del salitre.

Llorar por otros resulta extraño pero mi llanto perdura porque alguna vez me consumí como ellos hasta ser niebla frente al espejo y no percibía mi carne con olor fétido. En pecado, ni hombres ni mujeres distinguen sus cuerpos. Así, una madrugada somnolienta, consumido como higuera estéril, Dios me levantó del suelo y en su regazo cubrió mis llagas a cambio de morir en cuerpo para resurgir cual flama en pleno invierno.

Mis lágrimas, clavos que se deslíen por buhardillas y la misericordia se adentra a mis labios que pronuncian: Salvo, eternamente salvo.

Gabriel Avilés

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